música del alma
Hoy en la mañana venía un señor cantando en voz muy bajita todo el camino… un camino largo por el tráfico. Ésto me hizo recordar que hace algunos años, cuando salía del trabajo y tomaba el metro, me encontraba repetidamente en el mismo vagón con un señor de edad avanzada que se sentaba en el asiento a lado de la puerta. Sacaba de una bolsa plástica, que a su vez contenía otra bolsa de polietileno de color, un saco de terciopelo gastado del cual surgía un instrumento parecido a un salterio, lo apoyaba parsimoniosamente en sus piernas y comenzaba a tocar unas melodías tan dulces que tranquilizaba a todas las fieras-saliendo-de-trabajar que íbamos a bordo. Sólo tocaba y tocaba una tras de otra, sin cantar y sin esperar una moneda a cambio. Recuerdo que al principio lo escudriñé a discreción, pero me atrevería a decir que no lo hacía por protagonismo, casi se podía sentir su timidez cuando lo descobijaban los silencios entre canciones; más aún cuando en una ocasión, una señora lo felicitó por tan bonito detalle y la tranquilidad que le brindó al ’stress’ de su alma. Algo pasaba con esa música que todos los pasajeros entrábamos en ese ‘mood’.
Una estación antes de llegar a su destino, guardaba con la misma lentitud y cuidado ese instrumentito que su actitud de músico de filarmónica. Porqué lo hacia?… andar cargando ese envoltorio era suficiente molestia. Era tal vez la disciplina de no olvidar como hacerlo, o era esa razón que vá mas allá de tener lógica. A veces las necesidades del espíritu son más imperiosas que otras y cuando el alma se desborda, hay que hallarle cauce a esas emociones que no se asosiegan más que en el compartir con los iguales parte de esa naturaleza humana.
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